En “Regreso al desconcierto” nos narra:
“A la noche mi abuela me arropaba como si todavía fuera un niño.Y yo, que había decidido no tomar en cuenta que ella había muerto, la dejaba hacer”.
“La vida había sido injusta con ella, muy injusta.La abracé, me dejé abrazar, nos dijimos sin palabras lo que debíamos habernos dicho en mi niñez, cuando fuimos injustamente separados: el amor es la verdadera meta, la única aventura posible.”
Cuando relata su vuelta a la tierra natal, al lado de carros llenos de basura y obreros andrajosos que se mueven en medio de una naturaleza esplendida, reflexiona mirando ese paisaje:
“Hitos maravillosos de belleza infinita.
Habíamos tenido la desgracia de ser condenados a nacer en el paraíso.”
Conversando con él, desgranamos un diálogo pleno de entendimientos tácitos donde nuestras propias historias de extranjeros hijos de extranjeros se entremezclan a la sustancia de su propio libro. |