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Buenos Aires 2006

La Feria del Libro y la paradoja argentina
Nino Ramella

La Argentina es un país para sacarlo de gira , decía Julio Cortázar.

Tenía razón. Probablemente no haya lugar en el mundo en el que la paradoja se instale de manera más evidente que en esta comunidad en la que nos pasamos el día hablando de política y no atinamos a fortalecer nuestras instituciones, todavía traumadas por las tragedias del pasado. Producimos alimentos para 300 millones de personas y tenemos una población diez veces menor, con chicos desnutridos. Buceamos minuto a minuto en el alma de nuestros amigos, pero eso no alcanza: contamos con la mayor cantidad de psicoanalistas por habitantes que se registra en el planeta.

La Feria del Libro, esta vez en su edición número 32, es emblema privilegiado de esta afirmación.

 

La Feria del Libro, esta vez en su edición número 32, es emblema privilegiado de esta afirmación. Más de un millón de personas la visitan. Sus numerosas salas y auditorios se llenan a cada hora con quienes asisten, a charlas, seminarios y cursos varios. Unos 18.500 títulos aportan una diversidad admirable en medio de una industria editorial floreciente, que produce unos 16 millones de libros cada año. En la vereda de enfrente un dato increíble: la Argentina es uno de los países que tiene uno de los índices más pobres de libros leído por habitante en el año.

¿Cómo se entiende, pues, semejante contraste?. Dejo la respuesta a los sociólogos. Yo sólo sé que esa cifra está disponible para asestar una estocada al riñón de la inveterada vanidad argentina, bah!...mejor dicho porteña.

Ocupémonos sí, de lo que podemos describir sin muchas explicaciones. En más de 36 mil metros cuadrados se acomodaron unos 1.400 expositores, entre los que merecen destacarse 36 países participantes. Hubo ya alrededor de 1.000 actos culturales. Cada año se suman metros y espacios. Quiero mencionar especialmente la apertura este año de la Sala María Esther de Miguel, como justo homenaje a la querida amiga fallecida hace poco tiempo.

Una maratón de lectura que ocupó a periodistas, artistas e intelectuales permitió que Jorge Luis Borges reinara también en el campo de la oralidad. Me pregunto qué escritor argentino a partir del Siglo XX puede jactarse de no tener que tributar un mínimo reconocimiento a la herencia borgiana. De las varias conferencias que escuché, nunca su nombre estuvo ausente.

El lema de este año de la Feria del Libro fue Los libros hacen historia. No se dijo, pero yo lo ligo a la conmovedora evocación de los 30 años del golpe de Estado, que el 24 de marzo pasado conmovió con una contundencia inesperada la memoria de este pueblo. Los militares de la época, tal vez porque muy pocos de ellos tuvieron en algún momento un libro en la mano, los demonizaron a tal punto que los confiscaban para luego incinerarlos. Muchos argentinos los enterraron en jardines. No pocos los exhumaron ritualmente como una ceremonia expiadora al terminar la más negra noche de la historia.

Muchos recuerdan todavía la incursión de los militares en la Feria del Libro de aquel primer año del gobierno de facto, irrumpiendo con procedimientos armados para secuestrar, por ejemplo, libros como La cuba electrolítica , porque la palabra “cuba” les resultaba sospechosa o acabar con los libros de Matemática Moderna (cuya enseñanza fue rápidamente prohibida en las escuelas) por considerar que la teoría de conjuntos era francamente “subversiva”.

Aquellos tiempos no fueron olvidados por Tomás Eloy Martínez, escritor elegido por los organizadores para decir el discurso inaugural, cuando afirmó que cuando el poder no lee, el poder no piensa. Las dictaduras militares se negaron a leer. Como los comandantes no leían, lo único que los afectaba era lo que oían. Y, por lo general, oían lo que querían. Con el poder iletrado, no hay diálogo posible: sólo obediencia y monosílabos.

Los encuentros

Entre los stands cualquiera puede encontrar a su escritor favorito, o a alguna de las celebridades tanto vernáculas como extranjeras. Este año del exterior llegaron el británico Hanif Kureishi, los españoles Enrique Vila Matas, Rosa Montero y Arturo Pérez Reverte, los chilenos Alejandro Jodorowsky y Jorge Edwards y la estadounidense Siri Hustvedt, esposa de Paul Auster, entre otros.

La Feria del Libro, decíamos, constituye un fenómeno social sin parangón. La gente pasa horas en ella. Visita cada stand como los recordados flaneurs deambulaban por París. De tanto en tanto compran un libro –este año las ventas mejoraron en un 20 % en relación al año pasado- o revisan desordenadamente las mesas de ofertas.

Fue justamente detrás de una de estas mesas que me sorprendió el rostro sonriente de mi amiga de toda la vida María Rosa Solsona . Allí estaba ella y yo creído que seguía en Barcelona, ciudad en la que reside. Motivó la inesperada visita la presentación de su último libro, Leyendas Mexicanas , que editó Sirpus este año. Se le ocurrió tomar quince leyendas que describen mágicamente muchas de las pautas culturales de México.

Las primeras corresponden al mundo de los antiguos pobladores y narran sobre dioses, hombres y animales. Cómo era Quetzalcóatl, cómo se originó el chocolate. El llanto de la diosa , o Nacimiento del sol y la luna . Las segundas muestran el cambio de ideas y costumbres que tuvo lugar después de la llegada de los españoles. Algunas son: El callejón del muerto , La llorona y El fantasma de la monja . Las atractivas ilustraciones del pintor mexicano Rene Almanza complementan e ilustran cada leyenda.

Cuando pudimos escabullirnos del bullicio de la Feria, María Rosa me contó que espera editar muy pronto Las cuevas del Drac , su primera novela para niños . No largó mucha prenda, pero sí que estará ambientada en Mallorca. Algo habrá en Mallorca que la cautive al punto de traicionar su estirpe catalana. Veremos.

Dejé a mi amiga nuevamente en un mar de libros. Un mar que no llega a todos lados, por cierto. Pensé en ese momento que en el mundo habitan mil millones de personas que no saben leer ni escribir. Y recordé también aquellas palabras de Tomás Eloy que incorporó a su discurso: somos, así, los libros que hemos leído. O somos, de lo contrario, el vacío que la ausencia de libros ha abierto en nuestras vidas.

Nino Ramella